martes, 14 de febrero de 2017


MI VIDA EN LOS ESCOMBROS

Buscando leones en las nubes vuelve en esta ocasión, y tras el paréntesis de hace siete días, con la emisión dedicada a Carole King, a la serie, de perfiles no demasiado nítidos, que iniciamos a principios de enero con la brevedad como tema central, partiendo de la cortedad de unos días invernales que, progresivamente, van creciendo y alejándose así del motivo que justifica la elección de los motivos de nuestro espacio.

En cualquier caso, esta noche y las de los dos próximos lunes serán los haikus, esos escuetos poemas de origen japonés que concentran, en su peculiar pauta rítmica -tres versos de cinco, siete y cinco sílabas respectivamente-, algunos de los grandes temas de la literatura poética de la cultura nipona, los grandes protagonistas de nuestras emisiones. Unos programas que, sin embargo, serán poco o nada “orientales”, pues la selección de cerca de cuarenta haikus que os ofreceré a partir de hoy y durante tres semanas, están extraídos de una espléndida antología de una poeta española, Susana Benet, valenciana por más señas (y la precisión no es irrelevante, pues mucho del espíritu mediterráneo aflora en su obra), que publicó el pasado 2015, en la ejemplar editorial sevillana Renacimiento, sus “haikus reunidos”, en una edición preciosa, de título La enredadera, que cuenta con el atinado prólogo de Fernando Rodríguez-Izquierdo y Gavala, de la Universidad de Sevilla.

Agrupados libremente por mí en tres ejes temáticos de fronteras imprecisas, en la emisión de esta noche os propongo una muestra que presento bajo la rúbrica de “los vagamente existenciales”, con una especial presencia en todos ellos de la naturaleza y las estaciones, el silencio y la espera, la felicidad y el tiempo, el recuerdo, la soledad y el sentido de la vida.

Confío en que tanto la evocadora belleza de los poemas como el plácido recogimiento al que inducen las canciones que los complementan, interpretadas por Mina, Lisa Simone, Tracy Chapman, Bert Jansch, Joana Serrat, Skye, Martha Wainwright, The Blue Nile, Damien Jurado, Susanna and The Magical Orchestra, Amanda Rogers, Liane Foly, Holly Cole y Andrea Motis con Joan Chamorro, puedan interesaros.

martes, 7 de febrero de 2017


CAROLE KING. TAPESTRY

Esta semana interrumpimos la nebulosa serie que desde principios de año estamos dedicando a la brevedad, y que ha contado con programas centrados en las punzantes reflexiones sobre el amor de Stendhal, también en los microrrelatos, y que continuará con otras emisiones que girarán sobre los haikus y los aforismos, entre otras manifestaciones literarias de lo fragmentario y lo sucinto, de lo escueto y lo concentrado, para dedicar el espacio a un alegre recordatorio y un exultante homenaje a una cantante que me entusiasmó en mi juventud y que cumple ahora, dentro de unos días, setenta y cinco fecundos años.

Se trata de Carole King, nacida, en efecto, el 9 de febrero de 1942, y que ya había comparecido en Buscando leones en las nubes hace un par de cursos cuando dedicamos un programa al que había sido su marido, y compositor con ella de infinidad de grandes temas de los sesenta y setenta del pasado siglo, Gerry Goffin, fallecido el 19 de junio de 2014.

Yo descubrí a Carole King en 1971, a través de Tapestry, su álbum más destacado, que había visto la luz a principios de ese año. Como era habitual para casi todos los jóvenes en aquellos días, en los que el acceso a la música era, por la escasez de publicaciones y, sobre todo, por lo exiguo de nuestras asignaciones semanales, muy limitado, los discos que se podían adquirir eran pocos y muy escogidos, y una vez comprados los exprimíamos hasta conocerlos de un modo exhaustivo, extrayendo de ellos todos sus matices, identificando cada acorde, cada nota, cada recurso musical, anticipando así, en cada nueva escucha, giros, timbres, énfasis, vacilaciones, entonaciones, agotando todas sus posibilidades, disfrutando de la música como, al menos yo, no he vuelto a hacer desde entonces, y mucho menos en estos tiempos de sobreabundancia y fugacidad, de delirante exceso de oferta y su corolario, la superficialidad en la escucha.

Tapestry fue uno de aquellos elepés escogidos, en el que me adentraba una y otra vez, en unas ceremonias casi iniciáticas en las que, con el milagro de la música que sonaba, leía simultáneamente las letras -en aquellas hojas interiores que acompañaban a los discos- en un inglés para mí desconocido y que repetía por el mero encantamiento fonético de sus sugerentes e ininteligibles sonidos, tan, sin embargo, adictivos. Aún ahora, cuarenta y cinco años después, me asaltan sus textos al escucharlo y, cuando acaba una canción, afloran ya en mi memoria, inconscientemente, las primeras notas de la siguiente, un efecto inevitable de aquellos vinilos que se entendían -se vivían- como una obra completa, autónoma, unitaria y no, como ocurre en la actualidad con los discos, como un disperso recipiente de canciones aisladas.

Mi homenaje a Carole King se plantea ahora, por lo tanto, como un recuerdo nostálgico de aquella adolescencia tan lejana, para lo que voy a ofreceros, íntegro, Tapestry, con sus doce canciones sonando en su orden original y precedidas de sus letras, traducidas ahora sin demasiado respeto a la literalidad y sí muchas aportaciones de la intuición.

Confío en que esta doble celebración, la de la deslumbrante figura artística de Carole King, y la de la muy melancólica y algo lacrimógena evocación de mi primera juventud, pueda resultaros interesante.

martes, 31 de enero de 2017


EL HILO ROJO

Esta semana, Buscando leones en las nubes continúa con la serie, de difusos perfiles, que desde el comienzo de este año estamos dedicando a diversas manifestaciones literarias caracterizadas por su brevedad, acompañando así, desde la radio, la propia evolución de las estaciones, con estos días invernales, los más cortos del año, en los que la triste oscuridad ocupa la mayor parte de la jornada.

En los tres lunes precedentes os ofrecí muy sucintos fragmentos de la obra de Stendhal, textos con el amor como motivo principal. Hoy, en cambio, quiero centrar nuestra emisión en los microrrelatos, con una decena larga de muestras de las llamadas narraciones mínimas, todas espigadas de entre las muchas recogidas en Velas al viento, un estupendo libro publicado en 2010 por la editorial Cuadernos del Vigía, y en el que se presenta una amplísima selección de los cuentos que acoge Fernando Valls en su blog dedicado al género, La nave de los locos.

Arropados por una magnífica colección de canciones, intimistas y delicadas, los once cuentos que aparecen en el programa han sido escogidos por su interés y calidad, aunque, como es obvio, he debido tomar en consideración también otras razones más prosaicas, como, entre otras, su acomodación a las necesidades de tiempo que siempre atenazan nuestras emisiones. José de la Colina, Juan Armando Epple, Federico Patán, Pedro Herrero, Juan Romagnoli, Julio Ricardo Estefan, Rubén Abella, Manu S. Vicente, César Gavela, Óscar Sipán y Pedro de Miguel son los autores de los cuentos, cuya lectura suena entre las preciosas piezas de Lura, Ryley Walker, Sarah Menescal, Corinne Bailey Rae, Conor Oberst, Maya Isacowitz, Chris Isaak, Sarah Jarosz, Brad Mehldau, Isobel Campbell y Norah Jones, en casi todas ellas presente un sutil y elegante “toque” acústico.


Soledad. Pedro de Miguel

Le fui a quitar el hilo rojo que tenía sobre el hombro, como una culebrita. Sonrió y puso la mano para recogerlo de la mía. Muchas gracias, me dijo, muy amable, de dónde es usted. Y comenzamos una conversación entretenida, llena de vericuetos y anécdotas exóticas, porque los dos habíamos viajado y sufrido mucho. Me despedí al rato, prometiendo saludarle la próxima vez que le viera, y si se terciaba tomarnos un café mientras continuábamos charlando.

No sé qué me movió a volver la cabeza, tan sólo unos pasos más allá. Se estaba colocando de nuevo, cuidadosamente, el hilo rojo sobre el hombro, sin duda para intentar capturar otra víctima que llenara durante unos minutos el amplio pozo de su soledad.

martes, 24 de enero de 2017


LOS PLACERES DEL AMOR

Esta semana cerramos la breve serie de tres emisiones centradas en el libro Diccionario del amor, en el que el experto Pierre-Louis Rey selecciona más de cuatrocientas citas, con el amor como tema, rastreadas con paciencia y erudición, con conocimiento e inteligencia, de la obra de Stendhal, el decimonónico escritor francés, que se ocupó con asiduidad del asunto amoroso, tanto en novelas y relatos como en su correspondencia o sus diarios, habiendo dedicado incluso un ensayo, Del amor, al persistente objeto de su interés y preocupaciones.

Vuelven a ser catorce, como el lunes pasado, los fragmentos que ahora os presento, arropados por la deliciosa música de una variada muestra de intérpretes que han publicado sus últimos discos en fechas recientes: Rokia Traoré, Austin Basham (a quien olvidé citar en la emisión), Mina con Adriano Celentano, Martha Wainwright, Teresa Salgueiro, Frida Hyvönen, Paul Simon, Rodrigo Leâo con Scott Matthew, Wallis Bird, Spain, Melanie Marod, Ingrid St-Pierre, Fantcha y Mark Kozelek.

Os dejo, para completar esta entrada, con un par de breves pero muy significativos fragmentos del estudio de Ortega y Gasset sobre el amor en Stendhal.


Se exagera, evidentemente, el poder de fraude que en el amor reside. Al notar que a veces miente calidades que, en realidad, no posee el ser amado, debíamos preguntarnos si lo falsificado no es más bien el amor mismo. Una psicología del amor tiene que ser muy suspicaz en punto a la autenticidad del sentimiento que analiza. A mi juicio, lo más agudo en el tratado de Stendhal es esta sospecha de que hay amores que no lo son. No otra cosa significa su ilustre clasificación de las especies eróticas: amour-goût, amour-vanité, amour-passion, etc. Es harto natural que si un amor comienza por ser él falso en cuanto amor, lo sea todo en su derredor y especialmente el objeto que lo inspira.

Sólo «el amor-pasión» es legítimo para Stendhal. Yo creo que aún deja demasiado amplio el círculo de la autenticidad amorosa. También en ese «amor-pasión» habría que introducir especies diferentes. No sólo se miente un amor por vanidad o por goût. Hay otra fuente de falsificación más directa y constante. El amor es la actividad que se ha encomiado más. Los poetas, desde siempre, lo han ornado y pulido con sus instrumentos cosméticos, dotándolo de una extraña realidad abstracta, hasta el punto de que antes de sentirlo lo conocemos, lo estimamos y nos proponemos ejercitarlo, cómo un arte o un oficio. Pues bien: imagínese un hombre o una mujer que hagan del amor in genere, abstractamente, el ideal de su acción vital. Seres así vivirán constantemente enamorados en forma ficticia. No necesitan esperar que un objeto determinado ponga en fluencia su erótica vena, sino que cualquiera servirá para el caso. Se ama el amor, y lo amado no es, en rigor, sino un pretexto. Un hombre a quien esto acontezca, si es aficionado a pensar, inventará irremediablemente la teoría de la cristalización.

Stendhal es uno de estos amadores del amor.

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En el vocabulario platónico, «belleza» es el nombre concreto de lo que más genéricamente nosotros solemos llamar «perfección». Formulada con alguna cautela, pero ateniéndonos rigurosamente al pensamiento de Platón, su idea es ésta: en todo amor reside un afán de unirse el que ama a otro ser que aparece dotado de alguna perfección. Es, pues, un movimiento de nuestra alma hacia algo en algún sentido excelente, mejor, superior. Que esta excelencia sea real o imaginaria no hace variar en lo más mínimo el hecho de que el sentimiento erótico -más exactamente dicho, el amor sexual- no se produce en nosotros sino en vista de algo que juzgamos perfección. Ensaye el lector representarse un estado amoroso -de amor sexual- en que el objeto no presente a los ojos del que ama ningún haz de excelencia, y verá cómo es imposible. Enamorarse es, por lo pronto, sentirse encantado por algo (ya veremos con algún detalle qué es esto del «encantamiento»), y algo sólo puede encantar si es o parece ser perfección. No quiero decir que el ser amado parezca íntegramente perfecto -este es el error de Stendhal. Basta que en él haya alguna perfección, y claro es que perfección en el horizonte humano quiere decir, no lo que está absolutamente bien, sino lo que está mejor que el resto, lo que sobresale en un cierto orden de cualidad; en suma: la excelencia.

martes, 17 de enero de 2017


EL AMOR ES COMO UNA FIEBRE

Esta semana continuamos con Diccionario del amor, el magnífico libro presentado por la editorial Alba, en el que Pierre-Louis Rey, el reputado especialista en la obra del francés Stendhal, escoge más de cuatrocientas citas, entresacadas de distintos textos del autor, dedicadas todas ellas a distintas aproximaciones al fenómeno amoroso.

Catorce de esas muy sucintas reflexiones, de naturaleza aforística en casi todos los casos, aparecen en el programa de hoy, complementadas por otros tantos temas musicales, profundos y repletos de melancolía, intimistas y recogidos, delicados y rezumando sensibilidad, con los que se completa una emisión que espero sea de vuestro agrado.

Silvia Pérez Cruz con el Trío de Javier Colina, Ed Harcourt, Joana Machado, Grant-Lee Philips, Regina Spektor, Stephen Steinbrink, Grise Cornac, Youssou N’Dour, Ima, Bert Jansch con Loren Auerbach, Mor Karbasi con Richard Bona, Angel Olsen, Andrea Motis con Joan Chamorro y el estupendo Richard Hawley han sido los intérpretes de los temas musicales en los que hemos envuelto los penetrantes textos del escritor francés.

Os dejo con un texto extraído de Del amor, la obra “canónica” de Stendhal sobre el tema de nuestro programa de esta semana.


Nos complacemos en adornar con mil perfecciones a una mujer de cuyo amor estamos seguros; nos detallamos toda nuestra felicidad con infinita complacencia. Esto se reduce a exagerar una prosperidad soberbia que acaba de caernos del cielo, que no conocemos y de cuya posesión estamos seguros.

Si se deja a la cabeza de un amante trabajar durante veinticuatro horas, resultará lo siguiente:

En las minas de sal de Salzburgo, se arroja a las profundidades abandonadas de la mina una rama de árbol despojada de sus hojas por el invierno; si se saca al cabo de dos o tres meses, está cubierta de cristales brillantes; las ramillas más diminutas, no más gruesas que la pata de un pajarillo, aparecen guarnecidas de infinitos diamantes, trémulos y deslumbradores; imposible reconocer la rama primitiva.

Lo que yo llamo cristalización es la operación del espíritu que en todo suceso y en toda circunstancia descubre nuevas perfecciones del objeto amado.

Un viajero habla de los bosques de naranjos de Génova, a orillas del mar, en los días abrasadores de estío; ¡qué dicha gustar este frescor con ella!

Un amigo nuestro se rompe un brazo en una cacería; ¡qué delicia recibir los cuidados de una mujer amada! Estar siempre con ella, viendo incesantemente las manifestaciones de su amor, nos haría casi olvidar el sufrimiento; y así partimos del brazo roto de nuestro amigo, para ya no dudar de la angélica bondad de nuestra amada. En una palabra, basta pensar en una perfección para atribuírsela a la mujer amada.

Este fenómeno que yo me permito llamar cristalización viene de la naturaleza que nos ordena el placer y nos envía la sangre al cerebro, del sentimiento de que los placeres aumentan con las perfecciones del ser amado y de la idea de que este me pertenece. El salvaje no tiene tiempo de ir más allá del primer paso. Siente el placer, pero la actividad del cerebro se emplea en seguir al ciervo que huye por el bosque y con cuya carne tendrá que reparar sus fuerzas enseguida, so pena de caer bajo el hacha del enemigo.

En el otro extremo de la civilización, no dudo que una mujer sensible llegara al punto de no hallar el placer físico sino con el hombre a quien ama. Es lo contrario del salvaje. En los pueblos civilizados, la mujer dispone de tiempo y de ocio, mientras que al salvaje le apremian de tan cerca sus ocupaciones, que se ve obligado a tratar a su hembra como a una bestia de carga. Si las hembras de muchos animales son más afortunadas, es porque la subsistencia de los machos está más segura.

Pero dejemos las selvas para volver a París. Un hombre apasionado ve en la mujer amada todas las perfecciones; sin embargo, la atención puede estar distraída aún, pues el alma se cansa de todo uniforme, incluso de la felicidad perfecta.

martes, 10 de enero de 2017


DICCIONARIO DEL AMOR

Buscando leones en las nubes vuelve con vosotros en estos inicios de 2017 deseándoos un feliz año nuevo. Desde 1999 nuestro espacio multiplica sus emisiones (nos acercamos ya a las quinientas cincuenta) con una oferta variada de música y literatura que elijo siempre con la pretensión, espero que cumplida en la mayor parte de los casos, de proporcionaros entretenimiento y diversión, de haceros reflexionar, de emocionaros y provocar vuestro disfrute.

Esta semana abrimos un ciclo, de perfiles algo difusos, en el que la cortedad de estos días invernales se corresponde con la brevedad de los textos seleccionados, de tal manera que es esta, la concisión, el concentrado laconismo de los fragmentos literarios elegidos, la nota más destacada de unas emisiones que girarán sobre géneros distintos, todos ellos de expresión muy sucinta, como el aforismo, el haiku, la sentencia o el microrrelato, que irán apareciendo aquí en semanas sucesivas.

En el caso de hoy iniciamos una serie de tres programas dedicados a Diccionario del amor, un estupendo librito publicado en 2008 en el muy refinado sello Alba Editorial. Se trata de una colección de cerca de cuatrocientas frases o párrafos muy breves tomados de la obra de Stendhal, tanto de sus novelas como de sus relatos, su diario, su correspondencia o su inevitable tratado sobre el tema, Del amor. El libro, que se presenta en traducción de María Teresa Gallego Urrutia, cuenta con un breve pero sustancioso prólogo de Pierre-Louis Rey, que ofrece también, al término de la obra, una elemental pero sugestiva biografía amorosa del escritor francés, un esclarecedor listado de personajes -reales y de ficción- citados en los textos, con mención de su procedencia literaria, y por último un repertorio de temas tratados que, organizados por orden alfabético, van desde un inicial Absurdo hasta el Werther postrero, pasando por una larguísima serie que incluye varios cientos de interesantes ítems.

Trece de estas reflexiones integran el programa de hoy, que se completa con otras tantas canciones extraídas de discos publicados en los últimos meses y que me han acompañado en mi trabajo y en mi ocio desde antes del verano. Sus intérpretes, todos magníficos, son Madeleine Peyroux, Lisa Simone, Norah Jones, Leonard Cohen, Kate Rusby, Van Morrison, Zenet, Laura Fygi, Enzo Avitabile, Ben Sidran, Karine Aguiar con Adonias Souza Jr., Nina Bradlin y Melissa Etheridge.

martes, 27 de diciembre de 2016


YO SOY UN NEGRO EN FLOR

Esta semana Buscando leones en las nubes llega a su última entrega del año 2016, en la que os invito a disfrutar de una emisión festiva y gozosa nacida con la intención de celebrar el doble aniversario de un artista fascinante, una figura excepcional, un músico inolvidable, de cuyo nacimiento y muerte se han cumplido en este año que ahora agoniza los ciento cinco y los cuarenta y cinco años respectivamente.

Y es que, en efecto, Ignacio Jacinto Villa Fernández nació en Guanabacoa, Cuba, el 11 de septiembre de 1911, y falleció en Ciudad de México el 2 de octubre de 1971. Cantante, compositor y pianista, respetado homosexual en un entorno como el de la Revolución castrista, de la que fue fiel compañero de viaje, nada comprensivo con las manifestaciones heterodoxas de la identidad sexual, fue conocido en el mundo entero por su nombre artístico, Bola de Nieve.

Yo volví de un viaje a Cuba, en un lejanísimo 1987, fascinado por la música de este personaje singular, una celebridad en su país de origen, trayendo conmigo un vinilo, editado en el país caribeño diez años después de su muerte, y que, con el explícito título de In memoriam, recogía quince de sus principales creaciones. En aquellas fechas, yo desconocía totalmente la existencia del artista, principalmente porque mis intereses musicales se desenvolvían en ámbitos -los del pop y el rock- absolutamente ajenos al peculiar universo de Bola de Nieve. Y es por ello por lo que experimenté ante las prodigiosas canciones del cubano una suerte de encantamiento, hecho a medias de perplejidad y seducción, de desconcierto y atracción, que no ha cesado de producir efectos en mí desde entonces. La delicadeza, el humor, la ternura, la alegría festiva, también la tristeza y la melancolía, las raíces africanas, la amplia cultura musical, las numerosas calas en los cancioneros ajenos -el bolero, la chanson o el jazz-, conforman una personalidad única, arrolladora y magnética, carismática y cautivadora, a la que quiero homenajear en este último programa del año y que también, con toda modestia, pretendo dar a conocer a aquellos de vosotros que no hayáis tenido la ocasión de acceder a su música.

Con este doble propósito os ofrezco en la emisión veintidós canciones (en la radio mencioné, incorrectamente, diecinueve) muy representativas del universo creativo de Bola de Nieve, todas ellas precedidas de breves textos en los que se recogen declaraciones propias del artista sobre su vida y su obra, así como opiniones ajenas de destacados escritores -Pablo Neruda, Alejo Carpentier o Camilo José Cela, entre otros- en las que ensalzan el deslumbrante quehacer artístico de un músico ya legendario.

Espero que disfrutéis de esta tan especial emisión (la número 400 de las subidas a este blog) de Buscando leones en las nubes dedicada al gran Bola de Nieve, con la que, de paso, aprovecho para felicitaros las navidades y desearos un muy afortunado 2017.